Cuando las empresas tecnológicas les entra una idea en la cabeza no hay manera de que se les quite. La realidad virtual está ahora a la orden del día. Varias son las empresas que quieren ser las primeras en desarrollar este proyecto de manera 100% sensorial, porque lo que existe hoy en día es bastante “rudimentario”, en el sentido más figurativo de la palabra…

Este invento, que parece ultimísima tecnología del siglo XXI, tienen más de 50 años a sus espalda. Fue allá en 1957 cuando la máquina Sensorama, pionera en este ámbito y  diseñada por Morton Heilig, reproducía películas de cine en 3D.

Sensorama es muy actual

Morton, a quien hoy se le considera como el “padre” de la realidad virtual, desarrolló un artilugio capaz de reproducir sonido estéreo mediante dos altavoces, vibraciones, la sensación de viento e incluso algunos olores. Gracias a estas herramientas, el grado de inmersión necesario era incluso mejor que alguno de los sistemas que hoy están de moda.

Máquina Sensorama

Máquina Sensorama

Una de las primeras “películas” que se proyectaron en Sensorama consistía en un viaje en bicicleta a lo largo y ancho de algunas de las calles más concurridas de Manhattan. Seguramente quienes tuvieron la suerte de experimentar el Sensorama, no lo olvidaron jamás, pues la puesta en escena fue espectacular.

Estos inventos no son nuevos

Si esta máquina te parece un armatoste superincómodo, te interesará saber que Morton también patentó, varios años antes, las primeras gafas de realidad virtual. En una época donde todavía muchos países ni siquiera tenían televisión en colores, Heilig construía un dispositivo portátil capaz de proyectar imágenes en 3D con sonido estéreo. ¡Hace casi 50 años!

TARJETA "ODORAMA"

TARJETA “ODORAMA”

Tras estos inventos, muchos fueron los que se empeñaron en desarrollar este proyecto. En 1950 por ejemplo, el profesor suizo Hans Laube, presentó el Smell-O-Vision, un dispositivo capaz de aromatizar salas de cine completas. Esta sensación de olor siguió varios años más y aún a día de hoy no ha terminado de cuajar la idea.

En 1981, había cines preparados que ofrecían a sus usuarios una tarjeta circular. Básicamente, había que raspar el círculo correspondiente a cada escena, y olerlo. Ingenioso, sí, pero poco práctico, ya que había que estar más pendiente de los números que del desarrollo de la película. Menos mal que pasó desapercibido.